Un chamán en el messenger: 1 Lima

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La primera vez que fui a Perú no tenía ni la más remota idea de qué era la ayahuasca. Sabía aún mucho menos acerca de lo que representa la figura de un chamán, a pesar de que varios años antes mi hermana me había regalado el libro “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castañeda. Recuerdo cómo poco después de comenzarlo fingí estar enfermo para poder quedarme en la cama del internado en el que estudiaba y no interrumpir así la lectura de aquel libro. Pocas veces antes estuvo mi interés tan absorbido por un relato literario como en aquella ocasión.

Esa realidad alternativa que trataba era tan sugerente para mí, que probablemente respondiera a una afinidad innata con lo místico, lo onírico y lo simbólico. Aquel cuento indio hizo de mí presa fácil y lo devoré con el ansia de quien descubre un territorio virgen en una región recóndita del alma. Sin embargo, nada me auguraba por aquel entonces que con el paso del tiempo acabaría experimentando en mi propia realidad la existencia de un nivel tan extraordinario de consciencia como el que posteriormente pude llegar a sentir.

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Aterricé en Lima en febrero de 2006 procedente de España con la idea de desarrollar un documental fotográfico sobre el cajón, instrumento de percusión original del folclore musical afroperuano. Siendo ése mi primer viaje no sólo a Perú, sino también como reportero independiente recién salido de la escuela, mi objetivo era conocer un poco mejor el país y aproximarme al objeto de mi estudio.

Decidí instalarme unos días en la capital y gracias a la hospitalidad de la familia de mi amigo el arquitecto Jorge Montalván, quien me acogió en su casa de la manera más amable, pude realizar cómodamente las primeras averiguaciones y establecer los primeros contactos en torno al instrumento. Allí sembré la semilla de “El Árbol del Ritmo”.

Durante aquellas primeras jornadas me llamó especialmente la atención el hecho de que mi percepción del tiempo y de mis propios ciclos internos se había modificado notablemente: dormía la mitad del tiempo al que estaba acostumbrado y me despertaba puntual, como un clavo, todas las mañanas a la misma hora y sin necesidad de activar ninguna alarma.

Para alguien como yo que se deja enredar fácilmente por los encantos de las sábanas, aquello era algo bastante significativo de un hecho que aún hoy me sigue llamando poderosamente la atención. Tuve la sensación de una presencia, digamos telúrica, que se llegaba a intuir en determinados puntos geográficos y que en función del lugar donde uno se encontrara condicionaba los procesos biomecánicos de manera muy sensible.

Realmente parecía que en Perú mis aspiraciones e intenciones se depositaban en una caja fuerte a prueba de bombas y que el simple trascurrir de los días era elemento suficiente para verlas más tarde materializadas en resultados concretos y plenamente satisfactorios. Allí la vida fluye de manera tan natural y sosegada que los días se hacen largos y prolíficos, mientras que las semanas pasan volando y llenas de encanto. Allí se vive el tiempo como en ningún otro lugar: la fuerza del día a día.

Tras pasar en la capital las primeras jornadas, decidí aprovechar la oportunidad que me brindaba el país para explorar lugares hermosos y conocer gente diversa. Como no disponía de mucho tiempo ni del mejor presupuesto opté por realizar el itinerario conocido como la “Ruta del Gringo”, que en unos doce días me llevaba de Lima a Cuzco pasando por la ciudad blanca de Arequipa, en la región andina del valle del Colca, y por Puno, a orillas del Lago Titikaka.

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