Un chaman en el messenger: 2 La Ruta Gringa

 

El primer contratiempo del viaje fueron las diecisiete horas de autobús por la Panamericana Sur y las primeras curvas del altiplano andino. Desde que me monté en el autobús a las dos de la tarde en la estación de la avenida Javier Prado, hasta llegar a la terminal terrestre de Arequipa a las diez de la mañana del día siguiente, hice un recorrido no sólo geográfico, sino también introspectivo a través de una infinidad de estados de ánimo evocados por la inmensidad del paisaje que se sucedía ante mi mirada.

Salir de la ciudad y pasar por los suburbios de uno de los conos del sur de Lima es contemplar una realidad social bien diferente de la que hasta el momento había presenciado en mi burbuja pequeño-burguesa. El contraste socioeconómico es tan brutal que puede darle a uno mucho que pensar. En mi caso aquellos planteamientos me hacían valorar cuestiones demoledoras sobre el porqué de una existencia tan dividida entre la gente y sus clases.

Me percaté enseguida de la suerte tan inmensa con la que cuento por un hecho tan simple como el haber nacido donde lo he hecho, y hasta cierto punto aquello me hizo sentir una especie de culpa autoimpuesta. Por un instante me ví ridículamente ataviado con un delicado hábito de terciopelo en medio de un ghetto de pobres harapientos, capturado y coartado sin remedio por el marco social de mi procedencia. Comencé a cuestionarme cómo la vida de uno puede ser tan arbitrariamente diferente a la de otros por haber venido a parar a un rincón u otro de este cagadero global.

Al analizarlo desde el punto de vista utópico de la justicia universal es algo que queda bastante alejado de los parámetros de equidad y sostenibilidad. De hecho, tanto el concepto de justicia que hemos implantado en nuestro modelo, abstracción del concepto ideal de equilibrio, como el fruto de ese mismo ideal aplicado en la práctica, se traducen según mi opinión en “Pan para unos y hambre para otros”, un engrudo moral que nunca terminaré de digerir.

*      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *

El recorrido de aquel autobús continuaba bordeando la árida costa del océano Pacífico y poco a poco comenzaba a despedirse el día.

Durante aquella puesta de sol, instantes en que mi madre afirmaba que se podía desafiar al astro rey con la mirada después de un largo día de sumisión, me acordé de ella y de su falta. Algo se movió en mi vacío interior para dejar paso por primera vez a un agudo dolor.

Tres años y medio después de su muerte, sin haberla tenido muy presente en mis pensamientos durante esos días, empecé a sentir la ausencia y pude por fin a llorar su marcha. Probablemente la distancia, el cansancio y la soledad hicieron palanca en mí más fuerte que nunca y consiguieron activar el resorte oxidado que me protegía de mi miedo al desamparo.

Nunca lo habría de sentir tan clara e intensamente como en aquella ocasión.

Al morir mi madre había actuado como un escapista emocional, un Houdini del sufrimiento. Metí mi corazón en un bote bien hermético y lo encerré bajo incontables cadenas y vueltas de llave. Lo puse lejos, lo más lejos posible del alcance de las fricciones del tiempo. Sin saberlo acabé activando un mecanismo autoinmune de superviviencia básica que aplicado por mi propia razón juzgó necesario amputar el sentimiento y aniquilar cualquier expresión natural de dolor ante una pérdida tan elemental.

Nada iba a hacerme volver a pasar por un mal rato así.

Nada me iba a doler más.

Yo lo había decidido así.

¡Jamás en la vida!

Lo malo de decidir racionalmente la reacción ante nuestras propias emociones es que con el tiempo y el propio proceso, la mezcla acaba constituyéndose en un sentimiento emancipado. Se transforma en un ente autónomo que ya no atiende a las razones que le dieron vida. No hace caso a uno para dejar de existir cuando no sirven más.

Desde el momento en que tomé conscientemente aquella decisión no hubo nunca una alternativa viable de revertir el proceso con la misma voluntad. Todo se había reducido en mi vida a un acartonamiento sentimental, un estado emocionalmente plano y una apatía tan descarada que se perpetuaba a sí misma de forma cíclica.

A base de adquirir hábitos de ánimo, perdí toda referencia emotiva sobre mí mismo y sobre lo que me rodeaba. Estaba limitado a valorar racionalmente cada ámbito y circunstancia de mi existencia y trataba de manifestarme de acuerdo con las sensaciones que se suponía que tenía que estar experimentando en uno u otro contexto.

Mi razón se había puesto una careta con la forma y el color de mi corazón y trataba en vano de comportarse como tal. La única ventaja con la que contaba dentro de aquel entramado de fuerzas orgánicas era el efecto anestésico de mi propia acronía.

Minutos de llanto íntimo más tarde me detuve en mitad de aquella añoranza y me observé a mí mismo sintiendo y siendo sentido por mí mismo. ¡Sentía dolor! ¿Acaso no era eso maravilloso? Por fin, después de tres años y medio, dejé de negar mi esencia y retomé el contacto con una consciencia más y mejor articulada. Comencé entonces sin quererlo a reírme de todo.

Todo me parecía admirablemente absurdo y sin una importancia específica, como un decorado mal construido para una función chunga y sin sentido.

De pronto empecé a reírme del cursi naranja de sol poniente y del recuerdo de mi madre vieja, muerta y pelleja. Me reía de mí mismo, viajero snob y aventurero de los cojones. Me reía de aquel autobús de mierda y del atajo de pobres que acababa de ver pasar por la ventana de un servicio de transportes con el que ellos sólo pueden soñar, mientras que en mi país no pasaría siquiera una inspección técnica regular.

Lloré y después me reí.

Después de todo estaba allí. Estaba vivo y podía sentirlo.

Cansado del tanto traqueteo y vaivén emocional, me quedé dormido…)

*      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *

Eran poco más de las seis de la mañana cuando desperté entumecido como un abuelo artrítico. Tenía los huesos calados y los músculos castigados por el aire frío húmedo que entraba por una rendija cercana al último asiento del lado derecho del autobús. Observé por la ventana que había un tremendo terraplén a ese lado de la carretera Panamericana, un despeñadero infame a menos de dos metros de mi cara.

El litoral intacto de Pangea se desplomaba a no sé cuántos cientos de metros bajo aquella carretera sinuosa, estrecha y transitada en ambos sentidos. Se veían las olas llegando eternas, rotas y diminutas desde el horizonte abierto hasta estrellarse con una costa hecha de roca gris, estéril y polvorienta.  La sensación de vértigo hizo el resto.

Como no podía creer lo que veía, saqué la cabeza por la ventana para asegurarme de lo que percibían mis ojos y comprobé que el fin del mundo estaba allí mismo, justo a mis pies. Todo el personal iba durmiendo, así que yo era, junto con el conductor, el único testigo que podría estar sintiendo el pánico bajo el asiento. “Como para caerse por aquí.” Pensé.

Miré nuevamente, esta vez hacia adelante, y vi la rueda delantera derecha mientras el autobús daba una curva a la izquierda. Se elevaba desde el suelo y ya no existía pavimento debajo. Prácticamente la mitad exterior de la rueda quedaba en suspense, como si flotara en la incertidumbre y el azar.

“Mejor sigo durmiendo…”

“¡Mierda!” Una luz amarillenta, nebulosa y mortecina teñía de surrealista la escena olfativa más asquerosa de toda mi vida. “¿A qué huele?” Fue sin duda el despertar más nauseabundo de mi corta e insignificante existencia. “¡Pescado podrido!” Por poco me vomito encima. “¡Coño, qué asco!”

El autobús había descendido hasta el nivel del mar y pasó por una fábrica de harina de pescado que me dejó el estómago en peor estado del que ya lo tenía. Era la primera vez que un olor me despertaba y nunca había imaginado que eso pudiera llegar a ocurrir. Pensé en la bajada de Dante a los infiernos.

Poco después, creo que ni siquiera me dio tiempo a dormirme de nuevo, llegó la primera y única pausa del trayecto en un lugar en mitad de la nada más absoluta. Allí pude estirar las piernas, echarme un poco de agua en la cara, y fumarme un cigarrillo. Después decidí entre lo único que despachaban por allí: un chicle o un paquete de galletas saladas.

A lo lejos se podía leer en un muro “RESTAURANT EL AMIGO RICHARD”

El resto del viaje hasta Arequipa recuerdo que lo pasé en un estado entre insomne y catatónico que ya no dejó lugar a muchas más memorias.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s