Un chamán en el messenger: 3 En el Altiplano

Al llegar a Arequipa, la ciudad blanca de los volcanes, tomé un taxi desde la estación de autobuses hasta un hotelucho cercano a la plaza de armas. Allí reorganicé el equipaje que llevaba en varios bultos a mi modo un poco obsesivo-compulsivo y me fui a hacer las visitas obligadas dentro del itinerario turístico clásico. Llovía bastante, así que la visita fue meramente testimonial.

Fui a ver el Monasterio de Santa Catalina, donde la imaginería católica me trasladó a un tiempo sombrío de la historia. Toda aquella macabra iconografía, el absolutismo religioso del Medioevo español, contrastaba hasta rayar en el absurdo con la frescura y colorismo de la cultura local. Personajes de rancia opulencia parecían haber detenido el tiempo en este lugar de Dios y vestido a los santos con manto de alpaca, haciendo gala de un sincretismo forzado que desnetonaba desde cualquier ángulo. Pude entender el papel que desempeñaba la Iglesia en el apogeo de sus relaciones con el poder político y la élite social, y constatar que la influencia de sus abusos en ambas vertientes han sido desde siempre la piedra angular en la erección de su ilegítimo imperio.

Del otro lado, fui a ver la momia Juanita, quien se escondía entre arrugas y mantos plegados de las miradas perplejas de los gringos curiosos. Bautizada así en honor al arqueólogo que la desenterró de su escondite en el nevado Ampato, fue transplantada a una nevera para deleite de los coleccionistas de recuerdos. Mucho mejor estar allí, dónde va a parar, que no en medio de la montaña helada donde la emborracharon con chicha morada y le hundieron la sien de un golpe seco con un objeto agudo y contundente antes de dejarla allí sola y semi-inconsciente para ofrecérsela en sacrificio a los dioses. Otro modo, por cierto, muy apropiado para legitimar un imperio.

*      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *      *       *      *      *

Al día siguiente, tras una buena noche de descanso y una ducha de agua caliente por la mañana tomé otro bus hasta Puno. Llegué a esta ciudad a orillas de Lago Titikaka coincidiendo con las Fiestas de la Virgen de la Candelaria. ¡Pura Banda Andina, papá! Llovían los fuegos con sus truenos cadentes y tronaban las bandas en la explanada Galeno frente a la Iglesia, venidas de los cuatro rincones del altiplano. La luz viva de la pólvora incandescente decoraba el ambiente y los ensordecedores compases de las bandas que competían por la mejor actuación castigaban el aire. Castillos pirotécnicos y bandas monotónicas al unísono en un espectáculo de imagen y sonido que aún persiste en mi retina y retumba en mis tímpanos.

Con un bombo en vez de cabeza -a esas alturas el riego funciona a medias- fui a informarme de las visitas guiadas de un día por el Lago Titikaka y contraté lo más económico que encontré. Después me fui al hotel, donde me recogerían al día siguiente. Por suerte el hospedaje estaba a unas cuantas cuadras del epicentro del espectáculo y el eco de los parches revolucionarios se amortiguaba fácilmente con una alfombra apretada bajo la puerta de la habitación.

Por la mañana del día siguiente el cielo se desplomaba sobre Puno como una cortina viva de agua. Parecía que el chaparrón era una respuesta celestial a los clamores del festival y empaparía la jornada entera. Aquello me hizo temer por el desarrollo de la excursión en barco y sin embargo, no había terminado de desayunar cuando me avisaron de que en la recepción del hotel había personal de la empresa turística esperando a los “gringuitos” para llevarlos de paseo por el lago.

Cuando se hubo reunido finalmente todo el grupo en el embarcadero nos dirigieron hacia un muelle donde nos aguardaba un bote mediano de dos plantas con ventanas en los laterales de la planta baja. En la cubierta había unos bancos desde los que contemplar la inmensidad del lago natural de agua dulce situado a mayor altitud del planeta. Parecían más bien de adorno, pues con la que caía no había manera de sentarse allí.

-“Buenos días ¿Cómo están?” – Preguntó el guía del tour en español. Como nadie decía nada, proferí:

-“Mojados.”

Roto el hielo, una leve sonrisa cundió por el resto del grupo mientras cada cual trataba de librarse de sus atuendos empapados por la lluvia metiéndolos bajo los asientos, en sus mochilas, etc. Entretanto nuestro acompañante nos explicaba que en realidad Titikaka se pronuncia de un modo particular, aspirándose la “k” hasta el punto de convertirla casi en “j”.(Titijaja) A mí ya me dio la risa y puse mi mejor cara a un tiempo que no podía ser peor para la visita.

El barco zarpó y se adentraba poco a poco en una extensa superficie plomiza que aplastaba la luz contra su oscuridad misteriosa y velaba el encanto del lago a los ojos de los visitantes. Paulatinamente el cielo fue clareando y el día se despejó casi por completo antes de realizar el primer alto en el recorrido. Al llegar a las islas de los Uros conocimos a las familias contratadas por el servicio turístico local para satisfacer la demanda de experiencias étnicas. Lo cierto es que cumplían muy bien con su interpretación aprendida del patrimonio flotante de las islas, las cuales enseñaban a los viajeros tratando de vender cuantos más abalorios mejor.

En aquellas islas hechas de caña de totora se movían antiguamente los habitantes del agua libremente sobre el lago. Cuando la profundidad era demasiada para clavarlas al fondo con largas estacas, las anclaban con pesadas piedras que ataban al exrtemo de largas cuerdas confeccionadas con fibras naturales. Además de todo eso, necesario para la explicación de rigor, lucían antenas parabólicas, radios e incluso un pequeño zoo en miniatura de fauna autóctona que hacía las delicias de los turistas.

El barco prosiguió su curso hasta la isla de Taquile, donde nos esperaban unos cuantos metros de ascenso a pié por las laderas encrespadas del islote. Sumando los metros que subíamos a los de la superficie del lago sobre el nivel del mar, alcanzamos los cuatro mil. Ahora sí, el sol había salido de su escondite vaporoso para castigar a aquellos quienes por olvido, despiste o simplemente por el pronóstico del tiempo, habían descartartado el uso de cremas protectoras. Unos a otros se ofrecían el ungüento milagroso que los hacía aún más blancos y más “gringos” ante los ojos curiosos de los lugareños. Ésos sí eran auténticos y genuinos habitantes de ese pedazo afortunado de tierra que se yergue en medio de la grandiosidad del lago.

Durante el rato que duró la subida comencé a compartir impresiones con la gente de la excursión que encontraba a mi paso y que reconocía del barco. Hablábamos básicamente del esfuerzo que empeñaba la subida por la escasez de oxígeno y lo bello del lugar. Entre quienes subían con calma había una mujer vasca de Bilbao, a quien tomé una foto. Sentada en un penacho de roca y envuelta en un poncho pardo con los brazos entrecruzados sobre sus rodillas, cerraba los ojos y respiraba el aire con profusión y deseo. Parecía estar integrando en su esencia el poco oxígeno disponible en el aire. O al menos así era hasta que la distraje yo torpemente con mi cámara.

Al final del paseo nos sirvieron el almuerzo en una casita de adobe y techo de chapa en lo alto de la isla. Nada más llegar entré directo al baño a lavarme las manos y dejar pasar algo de tiempo, pues decidí sentarme junto a la bilbaína ya que de todas las personas que íbamos en el barco era probablemente la que menos aspecto clásico de turista tenía. Hice así los oportunos gestos de cortesía protocolaria y con un movimiento estratégico aproveché el hueco para colocarme a su lado. Nos sirvieron un almuerzo de dos platos: caldo de verduras y pescado a la brasa.

Tras el primer plato, durante el cual todos hablaban con todos y nadie escuchaba a nadie, decidí preguntarle a la mochilera por su procedencia y el motivo de su viaje, como si hubiera otro que el de hacer el viaje propiamente. Me contó que además de llevar a cabo una investigación sobre las similitudes gramaticales y morfosintácticas entre el euskera y el quechua, iba de localidad en localidad estudiando las diferentes cosmovisiones, escuchando lo que la gente llana tuviera que ofrecerle desde la esencia de su tradición.

“Todo un fichaje” Pensé. “Esta tía debe estar más para allá que para acá. Cualquiera adivina lo que puedan llegar a darle a tomar por ahí, en esos mundos nativos…” Entonces le dije:

-“ Vamos, que te vas poniendo de todo lo que te ofrecen y de lo que pillas en cada lado.”

Al sintetizarlo así toscamente, ella asintió tímidamente con una sonrisa cómplice. Eso me dio a entender que era de mi tribu, un exploradora, de naturaleza contraria por otro lado a aquella madraza catalana que teníamos sentada justo delante de nosotros con su juicio impertinente, su marido indolente y su prole repelente.

El mate de coca que sirvieron de postre me reanimó un poco y me sacó de encima la modorra de sobremesa, justo antes de bajar por un camino rompe-piernas hasta el muelle donde embarcaríamos de vuelta a Puno. Me había sobrexpuesto al dios Inti y sobrestimado el poder abrasador de las radiaciones solares en esas latitudes. Aunque llevaba gorra, mi cuello y mi nariz parecían iluminados como adornos navideños, igual que mis brazos.

De nuevo en el barco, junto a ella un sitio libre. Esta vez la estrategia y la invitación a compartir asiento corrió por su cuenta. En la cubierta del bote el aire fresco y húmedo aliviaba la sensación de escozor en la piel. Mientras regresábamos a puerto íbamos poniéndonos al tanto de cuanto sentíamos en ese momento y ese lugar.

Fue entonces cuando me hablaron por primera vez de la ayahuasca y noté cómo se me metió el gusanillo en la tripa.

A la calma del entorno, se sumaba la paz del rostro de aquella chica y el tono sereno de su voz en aquella conversación. Recuerdo que hablábamos como si de dos viejos conocidos se tratara. Entre anécdota y anécdota íbamos dando color al asunto con alguna pincelada psicotrópica. Mi repertorio consistía básicamente en tanteos esporádicos y experiencias ociosas con algunas drogas alucinógenas. Su bagaje era mucho más extenso y profuso, pudiendo ilustrarme así con maestría en el misterioso mundo del fenómeno chamánico.

Por lo poco que yo había leído y lo menos que había probado, intuía que aquella era una realidad de connotaciones muy subjetivas y todo lo que pudiera llegar a experimentar sería vivido de un modo totalmente personal y único por cada uno. Poco a poco el argumento de nuestras interlocuciones fue derivando cada vez más hacia lo esotérico y lo espiritual y dejé de prestar tanta atención, pues mi interés hacia esos tópicos es muy particular y me cuesta más compartir las dudas que me suscitan mis propios pensamientos al respecto. En lugar de ello, empezamos a tratar sobre temas más mundanos e itinerarios pintorescos en el país. Lo cierto es que me sentía curiosamente atraído por su presencia,  casi diría que protegido de un modo un tanto maternal. Aquello me reconfortaba en el alma.

Una vez que llegamos de vuelta a Puno atravesamos una muchedumbre en fiestas para ir con algunos pasajeros más de la excursión a tomar unas cervezas y comentar la jugada. Más tarde acompañé a mi eventual amiga a una agencia turística donde compró un billete para continuar su periplo explorador y por último a su hospedaje. Allí, antes de despedirnos y retirarme a mi hotel, hubo un conato de acercamiento sensual que quedó diluido en una mezcla de cansancio, insolación, borrachera y temor a perder mi bus que salía rumbo a Cuzco, temprano por la mañana del día siguiente. Así que nos dijimos adiós y buena suerte con una caricia en la cara, que a pesar de ser suave y delicada nos escoció por el castigo de los rayos solares.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s