Un chamán en el messenger: 4 Sueños en Cuzco

El viaje en autobús desde Puno era largo, pero fue súper tranquilo, por una carretera muy pintoresca y en compañía de Mahala Buckley, una chica australiana que acababa de terminar medicina y estaba de año sabático. Fuimos charlando, compartiendo experiencias, música y expectativas. Ya en Cuzco, volveríamos a vernos un par de veces y consolidar una amistad que nos volvió a juntar en varias ocasiones en el futuro.

Al llegar me instalé en un hotel de la cuesta de San Blas y después de dejar las cosas en la habitación y darme una ducha rápida, salí a llenar el estómago con algo caliente antes de irme a la cama. Al día siguiente había quedado en ir a conocer a Karim, la dueña de una agencia de viajes, por recomendación de una amiga suya, una cantante peruana que vivía en Madrid.

Esa noche descansé poco y mal. Por la mañana, y por segunda vez consecutiva, me despertaba con una escena en mi cabeza de un grado de violencia tal, que jamás había registrado en sueños ni en mi imaginación. Eran imágenes que afloraban de mi subconsciente de forma macabra y reiterada. En ambas ocasiones, los sueños acababan con la muerte por decapitación de mi hermano Víctor. En el primero de aquellos episodios, él se asomaba a la puerta de una caravana galvanizada y al verme salía huyendo despavorido hacia el interior. Mientras yo a pocos metros, le reventaba impasible la cabeza de un disparo con una escopeta de dos cañones recortados. Los trozos de cráneo, la sangre y los sesos salían esparcidos por todo el habitáculo. El cuerpo sin vida de mi congénere caía desplomado ante mi mirada indiferente. Después yo me acercaba para corroborar su aniquilamiento con la frialdad típica de los asesinos a sueldo de las películas de gangsters americanos. ¡Menuda masacre!

Nuestra relación nunca ha sido especialmente fluida: disparidad de caracteres. Yo, el más pequeño de los tres, soy disperso, fantasioso y me encanta vagar por mi ensoñación creativa. Mientras él, el mediano, es concentrado y concreto, más parco y racional. A pesar de los pesares nos queremos y preocupamos el uno por el otro. Por eso le mandé el mensaje explicándole lo sucedido e interesándome por su estado. La intensa recurrencia y lo vívido de aquellas escenas me hizo temer cualquier suerte de desgracia.

Aún me sentía un poco aturdido por la sensación de aquella secuencia de imágenes tan salvajes. Los recuerdos y sensaciones que dejan los sueños me suelen condicionar bastante el resto del día. Eso ha venido siendo una constante a lo largo de toda mi vida, y tarde o temprano acaba siempre destilándose en una suerte de interpretación personal del contenido emocional de esos sueños. A veces me ayuda a entender mejor mis reacciones ante mi propio comportamiento o ante las circunstancias que me rodean. Sin embargo esta vez la interpretación consciente o racional tardó en llegar. La emoción era tan intensa que no me permitía analizarlo con claridad. Sea como fuere, el caso es que el sol salía un nuevo día y había que ponerse en marcha. Me apresuré a bajar al recibidor del hotel para desayunar antes de pasara la hora del servicio. Desayuno con zumo, tostadas y buen tiempo. En el “ombligo del mundo” todo confabulaba para que me cambiara el estado de ánimo y saliera contento dirección a mi cita.

Cuando se va por primera vez a un país extranjero y se hace de turista, es usual tener un sentimiento de vulnerabilidad y de miedo a lo desconocido, que a medida que se viaja más, se va domando poco a poco. Aquella era mi primera experiencia en un lugar extraño por mí mismo, así que al ir con referencias esperaba un trato de favor por la contratación de un itinerario a Machu-Pichu o algo así. Karim es responsable de una agencia de viajes local, así que la visité para valorar alguna oferta turística. No tenía ni idea del tipo de experiencia que me iba a vender. De haberlo intuido, quizá me habría quedado en la cama durmiendo un rato más por miedo al asunto. Había muchas agencias para gringos entorno a la plaza de armas y siempre era fácil contratar algo.

Karim me abrió la puerta de una casa con una apariencia entre residencia particular y recepción de oficina. Me dio paso a una estancia muy luminosa en la que se sentía el sol caldeando el ambiente. Nos sentamos en una mesa redonda de reuniones, frente a una ventana desde la que se veía gran parte de lo que un día fue capital del imperio Inca. Noté el efecto de los rallos solares en la temperatura de los asientos y aquello reforzó la calidez del trato amable de Karim. Hablamos de nuestra conocida común y de lo que me llevaba a visitar el país, de su marido español y de sus inquietudes aeronáuticas. Poco después le consulté por las tarifas de la excursión al Machu-Pichu, a lo que ella me contestó:

-Hombre, a ver, nosotros si tú quieres te podemos organizar el itinerario a Machu Pichu, ya que contamos con personal de experiencia para hacerlo. Aunque sinceramente, para ese tipo de servicio no te podremos ofrecer nada distinto de lo que haya en cualquier otra agencia de la ciudad. Te cuento esto porque en realidad nosotros estamos especializados en viajes místicos.

– ¿Cómo que místicos? – Le dije.

– Sí, verás – continuó – no sé si estarás familiarizado con el fenómeno del chamanismo y el uso de la medicina tradicional amazónica…” –

Ahí comencé a recordar mi conversación con Zorione durante la excursión por el Titikaka. Y pensé: “ Ay mi madre, otra flipando”.

– Algo he oído, sí. – Contesté – Pero en este momento no me interesa mucho. He venido a trabajar sobre un reportaje y ahora estoy haciendo sólo un paréntesis para conocer mejor el país aprovechando la oportunidad. Machu-Pichu es una visita obligada y no quiero perdérmelo. Esto que me cuentas se sale un poco de mis planes. De todos modos estaré aquí hasta el sábado por si me podéis organizar la visita. Si me hacéis buen precio lo contrato con vosotros. Si no, igual me podrías aconsejar algún otro sitio que me convenga.-

Karim me repitió que me ofrecía ese servicio y nada más, si así lo quería. También me detalló el coste y cómo estaba organizada la jornada para que lo valorara sin compromiso. – Pero de todas maneras – Insistió – si quieres te explico también un poco mejor en qué consiste una sesión de ayahuasca y cómo se hace, por si estuvieras interesado.- Comentó ella.

– Cuéntame – Le dije, pese a que su insistencia comenzaba a mosquearme.– No pierdo nada por escuchar más sobre el tema.-

Una especie de gusanillo de curiosidad empezaba a cosquillearme en el estómago. Aunque para mística ya tenía bastante con los cuelgues que me pegaba con mis colegas en España.

Así pues, me explicó por encima, la ayahuasca era una planta de la selva que usaban las tribus indígenas con fines mágicos y curativos desde tiempos muy remotos. Actualmente mucha gente la usa para sanarse de sus dolencias físicas, psíquicas y espirituales. La suele administrar un curandero y durante la ceremonia se cantan unos cantos sagrados para que las vibraciones del sonido ayuden a expulsar los demonios, los miedos y los bloqueos que puedan tenerse. Uno se ve por dentro y accede a ciertas informaciones dormidas o almacenadas en la memoria celular, y por medio de la experimentación del trance psicodélico, uno elimina cualquier mal rollo que guarde de manera consciente o inconsciente.

– Muy bien. – Finalicé. – Ya si eso me lo pienso y te digo algo. Como voy a estar aquí unos días, tengo tiempo para valorarlo con calma.-

Dándole vueltas al tema regresé al hotel y pasé allí el resto de la mañana, echado en la cama, leyendo y tratando de organizándome las visitas que quería realizar en esos días. Por un lado me sentía atraído por la planta y por otro me asustaba su efecto, sobretodo la posibilidad de tener una pérdida de consciencia en un entorno aislado con vete tú a saber quién. Razonamientos muy lógicos y racionales que te apartan de la experiencia del viaje y se convierten en prejuicios y temores infundados, creados por otras historias. Así, volví a dormirme un rato, hasta que me despertó el pitido del móvil. Era mi hermano en respuesta al mensaje que le había mandado al despertar a primera hora. Aquel ruido provocó otro sueño en el que una vez más me lo cepillaba. De nuevo la muerte: siempre la cabeza.

En esta ocasión el íncubo me trasladó a la casa de nuestra infancia, donde mi hermano y otro ejemplar duplicado de él mismo, como si se tratara de un clon, me esperaban en el garaje, uno delante del otro. El que estaba detrás agarró un tronco de leña de encina de los que se usaban para quemar en la chimenea en invierno y le arreaba tal hostia a su gemelo, que lo dejaba tendido en el suelo, boca arriba, sobre un charco de sangre y convulsionando aún vivo. Ante mí parálisis y estupefacción el clon todavía con el palo en la mano me preguntaba si lo pensaba dejar ahí de esa manera, sufriendo, sin contemplaciones. Sin la más ligera sombra de dudas agarré el hacha con que mi padre hacía astillas las cajas de fruta para encender el fuego y empecé a cercenarle la cabeza golpeando repetidas veces el cuello mientras veía músculos y tendones salpicando en mi rostro. Recuerdo que durante el propio sueño tuve la sensación de que aquello me recordaba el despiece de un pollo en la carnicería. Y con esa imagen en mi pantalla mental me quedé al abrir los ojos.

Justo entonces leo el mensaje en el móvil y pone textualmente:

“ Deja de tomar ayahuasca y aprovecha el tiempo.”

Clásico imperativo fraternal con la moralina de turno en tono de borde subido.

Le acababa de escribir para saber qué tal, porque estaba preocupado, y me contesta con semejante soplapollez. Lógicamente me sentó como una patada en el culo. Después de aquello y con la sensación que tenía al haber despertado con ese sueño, lo primero que me salió fue un: “Vete a pastar mierda al campo, imbécil.” Cosas de hermanos. En el fondo el muchacho no podía haber dado más en el clavo. Tiempo después, de regreso en España, fuimos un día a cenar en familia, y rememorando precisamente este capítulo, mi hermano me confirmó que efectivamente, antes de recibir el mensaje que yo le envié por la mañana, tuvo un recuerdo de mí tan intenso, que iba acompañado de una sensación de presencia casi física.

El caso es que todo aquel rechazo orgánico se tradujo poco a poco en un destilado racional donde todo encajaba perfectamente en sentido freudiano. Acababa de matar a mi hermano en el ámbito del subconsciente. Le había cortado la cabeza y todo lo que con ello conlleva simbólicamente: razón, intelecto, autoridad, etc. ¿Me daba ya por libre? ¿Podía hacer lo que quisiera y era dueño de mis actos sin importar a quien agradaran o a quién disgustaran, y siempre dentro del respeto? Estaba decidido. Iba a cortar la guita psicológica que me tenía atado a mi congénere en un sentido intelectual:

“¡A tomar por culo!”, pensé. “A ver de qué va esto de la ayahuasca”.

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