Un chamán en el messenger: 5 ¿Un Chamán en el Messenger?

Serían más o menos las doce del mediodía cuando decidí llamar de nuevo a Karim para confirmarle mi intención de contratar el tour a Machu-Pichu y preguntarle de nuevo por la sesión de ayahuasca. Al contestar ella me dijo:

– Hombre, fíjate que casualidad, bueno causalidad, porque yo no creo en las casualidades, que justo ahora me acabo de encontrar al chamán conectado en el Messenger y me confirma que va a venir este jueves a Urubamba para hacer una sesión con mi hermana Arelis. Ella está en Cuzco y regresa a Lima el sábado. Ya llevaba un tiempo queriendo probar la planta ¿Te apuntas?

“¿Un chamán en el Messenger?” Pensé. “¿Pero qué me está contando esta tía? ¿Qué clase de chamán será éste que se conecta a Internet y navega por el ciberespacio para comunicarse con sus pacientes-clientes? Obviamente no es el tipo de indio chaman que yo me había imaginado con sus plumas y el taparrabos.”

– Así que va a ir tu hermana. – Contesté – ¿Y dices que ella nunca lo ha probado? –

– Así es. Le ha costado decidirse pero por fin cuenta con unos días para hacerlo y ya me lo ha confirmado. – Concluyó, quedando a la espera de mi respuesta.

En ese momento asumí que Karim debía ser de confianza, pues con toda la tranquilidad y buena sensación que me había transmitido, además de tener conocidos comunes, mandaba a su hermana a probar algo que era totalmente desconocido también para ella. A parte que el jueves era el día perfecto porque tenía tiempo de visitar Machu-Pichu y el Valle Sagrado de los Incas, y aún contaba con el viernes para descansar, antes de regresar al Lima. Así que después de informarme del precio de la ceremonia, le comuniqué mi intención de asistir yo también.

– Bueno, – dijo – en ese caso el jueves te estarán esperando los dos a las 6 de la tarde en la plaza de armas de Urubamba. El curandero se llama Richard Rodríguez y tiene el pelo oscuro. Llevará unos pantalones color crema y una chaqueta de cuero negro. Puedes tomar un colectivo o un bus en la terminal y te deja allí mismo. Recuerda que debes guardar una dieta para no interferir en el proceso de la planta. No es nada demasiado estricto. Simplemente debes abstenerte de comer carne de cerdo un par de días antes y no desayunar muy fuerte el mismo día de la sesión. Ten en cuenta que la planta trabaja de manera muy intensa y que como es ingerida a modo de brebaje, tienes que intentar estar lo más limpio posible a nivel intestinal. Así que es mejor que el día de la toma no comas muy fuerte. Puedes desayunar con frutas y jugos y almorzar algo ligero como caldos de verduras, etc. Lo más importante es que no bebas alcohol ese día, que evites carne, sobretodo de chancho, y que no comas nada después del mediodía. Puedes beber agua o infusiones si deseas. Richard ya te informará del resto de precauciones que son convenientes tomar después de realizar la sesión.-

-Está bien- Le dije – Entonces el jueves los veo allí y el miércoles me recoge aquí en el hotel la persona que me va a guiar a Machu-Pichu. ¿No?

-Eso es.- Exclamó- El miércoles te acompañan a la estación de tren y te darán todos los pasajes e indicaciones para que regreses a Cuzco en el día.-

Hecho. Estaba decidido y confirmado. Desde el momento en que colgué el auricular del teléfono, la emoción de enfrentar algo tan extraño y la curiosidad por conocer algo nuevo se comenzaron a revolcar con la racionalidad, la prudencia y los miedos a lo desconocido. Una vorágine de dudas y pensamientos temerosos se entrelazaba con la excitación de hallarme en un lugar mágico y místico a punto de abrir una puerta a un territorio inexplorado y lleno de misterios. Aquel ballet de la mente y la intuición no cesó hasta el mismo momento antes de sostener en mis manos un vaso con aquella pócima vegetal en una choza perdida del mundo. Esa dicotomía consumió toda mi energía hasta el punto de perder incluso el sueño en las noches que restaban hasta el día del encuentro.

De modo que en los dos días siguientes y anteriores a la cita con el chamán, traté de rellenar cualquier hueco que hubiera en mi agenda viajera y no dejar ni un solo espacio libre para la comedura de tarro. Para el martes contraté un tour en bus que me llevaría por los yacimientos arqueológicos de los pueblos del Valle Sagrado de los Incas: Saqsayguamán, Pisac, Urubamba, Ollantaytambo y Chinchero y el miércoles lo pasé todo el día de visita en Machu-Pichu, donde perdí mi reproductor de música por irreverente. En lugar de atender a la explicación del guía, me puse a escuchar a Camarón de la Isla. Se ve que a los Apus no les gustó mucho la falta de consideración para con sus protegidos y me castigaron sin música para el resto del viaje.

Para rematar la jornada, esa noche después de la excursión fui a cenar un plato de pasta en una pizzería de San Blas, donde conocí a un muchacho español que andaba de viaje por Sudamérica. Juntos acabamos apañando una buena borrachera de cervezas en un concierto de música peruana con cajón en el Km. 0, un local regentado por otro español al final de la cuesta de mismo barrio. Lo cierto es que aquello, pese a que no estaba planeado ni recomendado, fue una catarsis que me vino muy bien, pues necesitaba dejarme llevar un poco tras tres intensos días de ralladura mental sin precedentes donde mi cabeza no había parado de mantener la ilusión de control.

Esa noche me fui a la cama contento y dormí como un angelito.


Llegó el jueves, día de la sesión. Amanecí despatarrado en la cama del hotel pasada ya la hora del desayuno. No sabía si había soñado o no, y sólo eso ya me supuso un alivio. Mientras me desperezaba, recordé que había quedado con Sebastián, el tipo argentino que tocaba el cajón y zapateaba en el concierto del Km.0 la noche anterior. Me estuvo hablando de su paso por la casa de la familia Ballumbrosio de El Carmen, Chincha, y era una referencia para tener en cuenta en mi inverstigación sobre el origen peruano del cajón. Habíamos acordado encontrarnos para hacer unas fotos y tocar un poco antes de ir a comer juntos al mercado, así que a eso de las once de la mañana salí a buscarlo en la dirección que me había indicado.

De camino a su casa empecé a tomar consciencia de que esa misma tarde estaría con un chamán tomando una droga que me haría verme por dentro y volví a ponerme nervioso. Se me aceleró el pulso y en mi cabeza comenzaron de nuevo a surgir interrogantes y dudas. ¿De verdad estaba seguro de quería perderme por ahí con un tipo al que ni siquiera conocía y que iba a darme lo primero que sacara de un frasco? Empecé a imaginarme una nevera con mis riñones camino de un quirófano clandestino en cualquier otro país de Sudamérica, así como el resto de mis órganos traficados de cualquier modo. Tuve que hacer un esfuerzo mental por olvidarme de todas esas posibilidades macabras y concentrarme en disfrutar del momento y del lugar en que estaba.

Sebastián había salido a hacer un mandado, así que me tocó esperarlo. Un compañero suyo que vivía con él me abrió la puerta de su casa y me quedé sentado en medio del patio de una vieja casa colonial típica del barrio de San Blas. El ambiente me recordaba mucho al Albaycín de Granada. Al rato llegó el argentino y nos pusimos a charlar sobre el instrumento y su periplo peruano. Me contó cómo habia conocido a Chebo Ballumbrosio y la tremenda fuerza de su carácter. Después de un buen rato tocando juntos y aprendiendo ritmos afroperuanos, salimos a comer en dirección al mercado. Allí, por dos Nuevos Soles peruanos, el equivalente en aquel entonces a cincuenta céntimos de Euro, comí una sopa de quinua con verduras exquisita y un litro de jugo de frutas frescas. Decidí que ya era hora de marcharme, así que me despedí de Sebastián hasta un improbable nuevo encuentro y le agradecí mucho su tiempo y toda la información útil que me había brindado.

Bajando por la cuesta de San Blas hacia el hotel volvieron los miedos y los nervios. Seguia estando decidido a tomar el bus a Urubamaba para encontrarme con Richard y Arelis. No pensaba rajarme a esas alturas. Sin embargo, para tratar de postergar la inquieud y aplacar los nervios resolví que el hecho de ir hasta allí no me obligaba a tomar aquello si realmente no me sentía confiado y a gusto. Así pues, pasé por la habitación del hotel para dejar los carretes de película expuestos esa mañana y coger las cuatro cosas que me harían falta para esa noche. Llegué a la terminal de buses y colectivos y compré mi ticket. Me senté en mi asiento dentro del bus a la espera de que se llenara y cuando llegó la hora salimos para Urubamba.

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